«No prometo objetividad, prometo transparencia»: la carta abierta del creador del medio hecho con IA
Santiago Siri respondió con ocho puntos a las críticas que recibió @elprimerfeca, el medio producido por agentes de inteligencia artificial. Reconoce que el impacto sobre el trabajo periodístico es real, acepta una de las objeciones, publica los prompts del sistema en un repositorio abierto y define el proyecto como un experimento personal, no como una tesis.
Después del lanzamiento de @elprimerfeca, un medio producido por agentes de inteligencia artificial, Santiago Siri publicó una carta abierta al periodismo. Cuenta que leyó prácticamente todo lo que se dijo en esos días: hubo entusiasmo, curiosidad, críticas, miedo y bastante bronca. Algunas críticas le parecieron injustas, otras lo hicieron pensar y algunas, escribe, tienen razón. Su respuesta se organiza en ocho puntos.
Qué es el experimento
La premisa es llevar la automatización al extremo y sacar al humano del loop casi por completo. No porque crea que esa sea la mejor manera de hacer periodismo, aclara, sino para medir hasta dónde llega sola la máquina: qué puede investigar, jerarquizar, escribir, producir, publicar y aprender, dónde funciona y, sobre todo, dónde se rompe.
«Si pongo periodistas, editores y productores corrigiendo cada paso, ya sé que puede salir bien. Eso no es un experimento demasiado interesante», argumenta. Su intención es después evaluar qué combinación de humano e inteligencia artificial construye el mejor medio, pero primero quiere saber cuánto del medio puede existir sin personas.
También aclara las condiciones: el proyecto no tiene pauta, ni auspiciantes, ni inversores. Es, según su definición, un experimento personal.
El impacto sobre el trabajo, reconocido
El punto que abre la carta es el más incómodo para su propia posición. Siri admite que hacer el medio le permitió comprobar en la práctica algo que hasta hace poco se discutía en abstracto: con inteligencia artificial se puede aumentar brutalmente la capacidad de producción de un medio y, al mismo tiempo, reducir drásticamente sus costos.
Y que eso tiene consecuencias, sobre todo en una industria que ya venía con precarización, reducción de redacciones y deterioro de las condiciones laborales. Escribe que sería poco serio de su parte festejar únicamente el aumento de productividad sin detenerse a pensar qué significa para las personas que viven del oficio.
Su argumento sobre la adaptación se apoya en analogías: cuando apareció el automóvil, la respuesta no podía ser proteger indefinidamente la carreta; cuando llegó el e-mail, no tenía sentido exigir que se siguiera usando el fax; cuando apareció el streaming, aferrarse a Blockbuster no salvaba al cine. Nadie tenía un derecho adquirido sobre la carreta, el fax o el videoclub: lo que había eran personas cuyo trabajo y experiencia tenían que encontrar un lugar en un mundo que había cambiado.
Pero marca el límite de esa idea. Defender el trabajo es importantísimo, dice, y confundirlo con la defensa de una forma específica de trabajar puede terminar siendo un encaprichamiento con el pasado. Eso tampoco significa decirle a alguien «adaptate o jodete». Las transiciones tecnológicas pueden ser brutales, injustas y dejar gente atrás, y hay que discutir cómo acompañarlas y cómo repartir sus beneficios.
La formulación más filosa de ese punto es esta: el problema de la precarización es quién se apropia del aumento de productividad, no la herramienta que lo hace posible.
La pregunta que propone correr
El segundo eje de la carta es un desplazamiento del debate. Si una máquina puede producir una noticia en segundos, sostiene, la pregunta interesante ya no es solamente si puede reemplazar a alguien, sino para qué necesitamos periodistas.
No lo plantea como provocación. Sospecha que la respuesta puede terminar reivindicando al periodismo más de lo que parece, porque cuando producir texto, imágenes, videos y resúmenes se vuelve prácticamente gratis, empieza a verse con más claridad aquello que realmente importa: construir confianza, encontrar lo que nadie encontró, dar contexto, asumir responsabilidades, poner el cuerpo, cambiar de opinión y buscar la verdad incluso cuando contradice las propias convicciones.
La IA no es neutral, y él lo dice
Otro de los puntos aborda de frente la objeción más obvia. La inteligencia artificial tiene sesgos, entrenamiento, instrucciones, fuentes y decisiones tomadas por humanos, y pertenece a compañías con dueños, accionistas e intereses. Pretender que está por fuera de todo eso, escribe, sería vender humo.
Su apuesta es otra: que la oportunidad no esté en reemplazar una voz sesgada por una supuestamente objetiva, sino en incorporar más perspectivas, contrastar argumentos y convivir con respuestas que no encajan perfectamente en ninguno de los dos extremos. No eliminar los sesgos, sino construir herramientas que ayuden a verlos y a ampliar el espacio que existe entre el blanco y el negro.
Lo que aceptó y lo que abrió
Hay una crítica que toma de manera explícita: la falta de diversidad inicial en los personajes del medio. Dice que de ahora en adelante será una consideración explícita en su construcción, sus historias, sus miradas y sus roles. El argumento es de coherencia: si el proyecto propone un medio capaz de incorporar una multiplicidad de voces, sería contradictorio que esa diversidad no estuviera en quienes las representan.
El movimiento más concreto es otro. Los prompts, las instrucciones editoriales y los criterios con los que funcionan los agentes ya son públicos en un repositorio de GitHub. La intención declarada es que cada vez que el sistema produzca una noticia se pueda entender qué instrucciones recibió y cómo llegó al resultado, y que cualquiera pueda mirar, auditar, criticar y proponer mejoras.
«Si algo tiene el periodismo hecho con IA que el tradicional no, es que podemos auditar la lógica sobre la que opera el medio», plantea. Y cierra ese punto con una fórmula: no promete objetividad, promete transparencia.
El cierre
La carta termina distinguiendo entre la crítica y otra cosa. Dice que le interesan las críticas, incluso las durísimas, sobre todo cuando tienen argumentos. Pero marca que hay quienes hicieron del odio y el resentimiento una forma de estar en el mundo, para quienes ya no alcanza con estar en desacuerdo.
Su elección, escribe, es construir: cosas imperfectas, ideas que quizás fracasen, prototipos antes de que estén terminados, equivocarse públicamente. «Destruir es fácil. Construir te obliga a exponerte.»
Y define el proyecto por lo que no es. No busca demostrar que los periodistas sobran ni que la inteligencia artificial hace mejor periodismo. Quiere llevar la tecnología contemporánea hasta el límite para descubrir dónde está ese límite: qué puede hacer una máquina y, sobre todo, qué no puede hacer.
Es la misma discusión que atraviesa al sector desde otros ángulos: el impacto de la IA sobre el trabajo fue uno de los ejes del segundo encuentro de comunidades informáticas en la UMET, y esta semana una renuncia en Anthropic destapó una pelea pública sobre hasta dónde llevar estos sistemas.
La carta completa y las novedades del proyecto se publican en la cuenta de Santiago Siri en X. Más cobertura en Inteligencia Artificial.
