Sequías e inundaciones pueden frenar a dos almejas invasoras que tapan cañerías, según un estudio del CONICET
Investigadores del CONICET estudiaron durante más de dos años dos especies de almejas asiáticas en un arroyo de Azul y comprobaron que los extremos del clima limitan sus poblaciones. Proponen usar ese "freno natural" para proteger tuberías y tomas de agua manejando los caudales, en lugar de recurrir a biocidas.
Investigadores del CONICET estudiaron durante más de dos años dos especies de almejas asiáticas en un arroyo de Azul y comprobaron que los extremos del clima limitan sus poblaciones. Proponen usar ese «freno natural» para proteger tuberías y tomas de agua manejando los caudales, en lugar de recurrir a biocidas.
Investigadores del CONICET comprobaron que las sequías y las inundaciones funcionan como un «freno natural» para dos almejas asiáticas invasoras que en distintos países obstruyen tuberías y tomas de agua de la industria. El estudio, hecho en el arroyo Santa Catalina, en la ciudad bonaerense de Azul, se publicó en la revista científica Biology y fue difundido por el CONICET el martes 29 de septiembre. A partir de esos resultados, el equipo propone controlar a estas especies modulando los flujos de agua, en lugar de depender de biocidas.
El trabajo lo encabezó Gustavo Darrigran, investigador del CONICET en el Museo de La Plata (UNLP), junto a Cristina Damborenea y Diego Gutiérrez Gregoric, con especialistas del Instituto de Limnología de La Plata (ILPLA, CONICET-UNLP, asociado a CICPBA) y del Museo Argentino de Ciencias Naturales «Bernardino Rivadavia» (MACN, CONICET).
Qué son estas almejas y por qué preocupan
Las protagonistas son dos almejas de agua dulce originarias del sudeste de Asia: Corbicula fluminea, conocida como almeja asiática, y Corbicula largillierti, o almeja canasta. La primera es una de las especies de almejas invasoras más agresivas del mundo. En América del Norte causa pérdidas por los daños que provoca en la industria de la construcción, y en Brasil obstruye tuberías y tomas de agua que se usan para refrigeración o para generar energía.
Llegaron a la Argentina por acción del ser humano, en el agua de lastre de los barcos o como alimento, a través del Río de la Plata, entre fines de los ’60 y comienzos de los ’70. Desde ahí se dispersaron rápido: según el CONICET, ya hay reportes de la almeja asiática en Chubut y, a escala continental, invadió el Amazonas y llegó hasta Venezuela. El paper agrega que hoy está ampliamente distribuida en el Río de la Plata y en los grandes ríos del este y el sur del país, mientras que la almeja canasta predomina en ríos más chicos, arroyos y lagos del centro y el noroeste.
Un arroyo que pasa de seco a desbordado
Las dos especies conviven en el arroyo Santa Catalina, un ambiente que alterna entre extremos. «El arroyo sobre el que trabajamos presenta un ambiente templado y muy fluctuante o discontinuo en materia hidrológica, con alteraciones que van desde sequías extremas en las que queda absolutamente seco, hasta importantes inundaciones», describió Darrigran.
El equipo tomó 27 muestras entre enero de 2003 y abril de 2005 y analizó cómo convivían las dos almejas, cómo cambiaban sus poblaciones con el tiempo, qué tamaño alcanzaban, cuánto vivían y cómo se reproducían. «Para que una especie tenga éxito al adaptarse no alcanza solo con sus características biológicas intrínsecas, sino con el modo en que interactúa con las condiciones propias del ambiente», explicó el investigador.
Dos estrategias distintas
La conclusión es que la inestabilidad del agua limita a las dos especies, pero cada una la enfrenta a su manera. «C. fluminea es más longeva y resistente y llega a mayor tamaño, C. largillierti crece muy rápido al principio de su ciclo, superando las etapas más frágiles, pero es más pequeña que C. fluminea y sumamente sensible ante sequías y crecidas», apuntó Darrigran.
La almeja asiática libera sus células reproductoras cuando las condiciones son favorables y protege a las larvas en sus branquias hasta que alcanzan un tamaño cercano al juvenil, lo que le ahorra energía. Por eso atraviesa mejor los períodos de estrés, aunque no es inmune: las inundaciones y sequías también restringen su crecimiento. La almeja canasta, en cambio, «vive poco y sus ejemplares son de pequeño tamaño», según el investigador.
Los números del paper lo muestran: al comienzo del estudio, en enero de 2003, la almeja canasta registraba 1.777 ejemplares por metro cuadrado y la asiática, 788. Hacia el final, en marzo de 2005, la relación se había invertido: 1.100 ejemplares de almeja asiática por metro cuadrado contra 228 de almeja canasta.
De la naturaleza a las cañerías
Lo más práctico del hallazgo apunta a la industria. «Si bien sobre el ambiente natural es muy difícil establecer mecanismos de control para cuidar la biodiversidad, sí es factible pensar en herramientas aplicadas en la industria, protegiendo el interior de tuberías, tomas de agua y otras estructuras hídricas», destacó Darrigran.
La idea que entusiasma al grupo es manipular o modular artificialmente los flujos de agua, es decir, reproducir en las instalaciones las condiciones que en la naturaleza frenan a estas almejas. Según los investigadores, eso traería un beneficio económico y también ambiental, porque permitiría reducir el uso de biocidas, una de las herramientas que hoy se usan para neutralizar el daño de estos organismos en las tomas de agua.
No toda especie que llega de afuera es invasora
Darrigran aclaró una diferencia clave: «No necesariamente una especie no nativa es una especie invasora. No nativa es aquella que, por acción del ser humano, fue trasladada de su lugar de origen a otro distinto. Se la considera invasora, cuando su presencia ocasiona impactos en el ecosistema o tiene efectos socioeconómicos».
«Así como estas especies que estudiamos tienen efectos negativos para la infraestructura hídrica, hay otras que tienen efectos positivos, porque se las utiliza, por ejemplo, para consumo», concluyó.
El artículo, titulado «Same Habitat, Different Responses: Population Dynamics of Two Sympatric Invader Corbicula Species», firmado también por Pablo Penchaszadeh, Darío Colautti y Miriam Maroñas, puede consultarse en doi.org/10.3390/biology15131026. Los autores lo dedicaron especialmente a Maroñas, integrante de la Carrera del Personal de Apoyo del CONICET en el ILPLA, que falleció antes de la publicación.
